Descubrí que los mínimos destellos que alguna vez tuve para escribir una frase que abrazara, que consolara o que declarara amor, o bien que aquellas frases que compartía por considerarlas mis favoritas para levantarme de la lona o hacerme estremecer con ellas, no permanecían en manos de quien las recibía de mi.
Eran textos, textitos, que se compartían con otras amistades, otras conquistas, otras personas… Me supe inicio de cadenas, e incluso, me pensé, parte de una cadena…
La vida es así. Supe entonces que debería dejar a un lado la idea de “exclusividad”. Todo circula, todo rola, las palabras son libres tienen alas, y los sentimientos, vamos, qué decir de ellos.
Así, al saber la falta de exclusividad de esas palabras decidí hacerlas completamente libres, enrolarme en estos nuevos avatares mediáticos y cumplir aquello que alguna vez escuché: si uno escribe un diario es porque quiere que alguien lo lea.
Este no será un diario, sólo será mi libro de cabecera. Sí, sí. La idea tiene que ver un poco con The pillow book (Peter Greenaway) y escribir listas de cosas (elegantes, maravillosas, negativas, etc.), y escribir, por qué no, escribir o transcribir otras tantas cosas para crear una serie que me permita desbordarme (o detenerme) en algún momento de esta maravillosa vida.
No soy escritora, ni pretendo serlo. Sólo acudo a las palabras de otros para dejarme saber (a mí misma, a alguien, a algunos). Y sí, a veces me da por trazar malos textitos, o recordar algunos de libros que he leído. Con ello se armará pues este libro de cabecera, para compartirse, someterse a los oídos /ojos de quienes visiten.