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Si te vas, que no sea muy lejos, ni por mucho tiempo

I. Serrano

tu aroma perdido en mis manos… mi muerte en tu recuerdo…

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron,
me apeé por la ventana de las traseras de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos!
¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente?

No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que lo que hizo Napoleón.
He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito.
Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama;
pero nos despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolatinas, pequeña,
come chocolatinas!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana,
o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-,
todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)

He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira,
y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo
y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente.

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado.
Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho,
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o una estera que robaron los gitanos y no valía nada.

Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta.
Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta,
y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará la muestra y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,
y la lengua en que fueron escritos los versos,
morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente
continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.

Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto.

Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.

El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.

A veces, aun cuando uno se esfuerza para que no sea así, los mundos se caen, las ilusiones desaparecen y sólo queda el cansancio.

¿Habrá que preguntarse si acaso se perdió la luz por completo? ¿O somos mero reflejo de los otros?

Sólo falta algo, y no se puede asir; sólo falta algo que alguna vez era seguro, y que ahora es difícil sentir, respirar.

Hace falta, me hago falta…

Cuántas veces se escapa la arena entre mis manos, cuántas veces, sin que me de cuenta que en realidad mi puño ya está vacío.

Pareciera que es real, que se puede existir… pero surgen giros de ciento ochenta grados que sacuden y vuelven a la realidad.

Ya no sé escribir de amor, sino de minhas saudades…

Noche húmeda de mayo…

Paró de llover, y con ello, paró el sueño. Será que esta noche el cansancio es más que la paz de mi cuerpo.

No me gusta que esta sea la fecha… deberíamos encontrarnos otra, no crees?

Ven, vamos a construirla.

Llénate de mí.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.
Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
el fugante, el doliente.

Pero siento tu hora,
la hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
la hora de las ternuras que no derramé nunca,
la hora de los silencios que no tienen palabras,
tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,
tu hora, medianoche que me fue solitaria.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
No, no quiero ser esto.
Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
Así crucificaron mi dolor una tarde.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metales, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Entonces gritaría, lloraría, gemiría.

No puede ser, no puede ser.
Quién iba a romper esta vibración de mis alas?
Quién iba a exterminarme? Qué designio, qué palabra?
No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
De mi pelea oscura, contra mí mismo, fuiste.
Tienes de mí ese sello de avidez no saciada.
Desde que los miro tus ojos son más tristes.
Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.
Seré la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
inundando las tierras como un río terrible,
desatando estos nudos; ah, Dios mío, estos nudos,
destrozando, quemando, arrasando,
como una lava loca, lo que existe,
correr fuera de mí mismo, perdidamente,
libre de mí, furiosamente libre.
Irme, Dios mío, irme!

(Pablo Neruda)

Los dedos de la mano juegan sobre la mesa mientras la sonrisa débil con sabor a café pretende tocar su hombro. ¿Cómo borrar la tristeza que viene a compartir el momento? Las palabras y explicaciones se esconden tras un silencio y el recuerdo cálido traído al rostro por las cuerdas de una guitarra. Los pensamientos parecen ser convocados para hacer una revisión instantánea de lo que ha sido el ir y venir por los caminos dibujados. ¿Y qué se hace ahora? Un intento de negar y ausentarte. El día está mal y quisieras sentarte en una banca -no tiene rostro quien se sienta a tu lado- con ese libro donde guardas los recuerdos… (¿Por qué naces de noche?)… Las manos tiemblan, tu rostro está frío. La mirada cayó, y el vértigo te asusta en el preciso momento en que el pesimismo, la nostalgia, caminan como tu sombra y sonríen mientras susurran secretos al oído. ¿Cuándo encontraremos tu lugar?

Lamento no ser un murmullo que ayudara a encontrar tu calma

(abril 1, 2004)

Siéntate con tu raciocinio en la bolsa de papel. El mundo se te ha desmoronado, los planes se te caen de la mano, el acercamiento vuelve y con él tu inmersión en el mundo que te aleja de tu propia fiesta de sentidos. ¿Hace cuánto tiempo que no te encuentro? ¿Hace cuánto tiempo hay que apretar la mano para no permitirle a las gotas saladas conocer tu rostro? Deshacerte. Ante esa mirada, ante esa sonrisa, volvió a aparecer el dolor… Me habías dicho que estaba salvado. No, ni siquiera puedo respirarte; tu alegría es más ficción que la propia vida. A solas, te recoges en cuerpo y emociones, en reclamos por tu ausencia del mundo – atrévete a mirar que este globo sigue girando -, en llanto por tu fragilidad, por tu indecisión, por tener la paleta de colores y no levantarte a armar esa pintura. La media luna, en su figura imperfecta, acompaña las variaciones del pensamiento. Se te escapa la satisfacción cuando un desconocido disfruta del viento, cuando un rostro extraño sonríe ante las noticias de alguien cercano, cuando desde la ventana observas la danza de las nubes antes de la lluvia. Te sabes apartada de las miradas y entonces, mi media luna, pretendes ahogarte con el aire, apagando la sonrisa, abrazando la piedra azul. ¿A dónde se va todo cuando duele la cabeza? Los dedos no dejan de hacer figuras en la superficie que encuentren: la mesa, el escritorio, tu pierna. ¿Qué es lo que dentro de ti pretende escaparse? ¿Qué es lo que no he mirado en tí? ¿Qué necesitas, mi media luna, para no morir? Detrás de tu soledad respiro, cerca de tu hombro, apoyo mi frente en tu espalda; mi mano abrazando tu mano, con palabras murmuradas cierro tus ojos… ¿dónde encontraremos tu fe? Es una racha, una mala racha, pero el calor de tu cuerpo sigue aquí, entre mis manos y el latir del corazón está más allá de ti…. El estremecimiento completo y la desesperación por la ausencia, nos recuerda que mucho de ti, anda en los bolsillos, en los pensamientos de andares distantes.

 Mójate en la lluvia, respira a los árboles húmedos; una tristeza te llama… ya viajarás con tu nombre.

(julio 16, 2005)

miedo…

de que nada salga como desearía, de que todo se caiga…

de que no encuentre el paisaje que espero

de que el vehículo se detenga

de que sin importar la gasolina que tenga, que genere,

no exista vehículo que me lleve…

que yo no sea capaz de encontrar ese vehículo, de encontrar esos paisajes

y que simplemente me quede con los sueños entre las manos…

y tenga que irme, caminando, a un paisaje, al único de paz…

abandonando las alas crecidas… apegándome a aquellas pequeñas que tendrían que fortalecerse de otra manera, en otros caminos, en otra compañía

(octubre 2, 2004)

Soledad… Aquí están mis credenciales

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